lunes, 7 de diciembre de 2009

¿Pueden los unitarianos creer cualquier cosa que quieran? ¡No!


Rvdo. Richard Gilbert (Trad. Francisco Javier Lagunes Gaitán), 8 de marzo de 1998, Primera Iglesia Unitaria de Rochester, Nueva York.
http://www.rochesterunitarian.org/1997-9
/980308.html


En una reciente caricatura publicada en el ciberespacio se ve a dos mujeres en animada plática en un café. La primera dice, “Mi novio opina que si alguien es religioso, es porque es débil y no es capaz de pensar por sí mismo”. Su amiga le pregunta, “Hmmm, ¿pero no te vas a casar en una iglesia, como era tu deseo?” A lo que la primera mujer le responde, “Bueno, eso espero. Quiero decir que no voy a firmar así nomás un papel en el registro civil”. Una tercera mujer, que escuchó desde otra mesa a las dos amigas, dice para sí al respecto: “Ella no quiere un niño ateo, y él no quiere uno cristiano… Oh, bueno, otro Unitariano más en el mundo” (de la tira: Bruno de Christopher Baldwin):

El Unitarismo Universalista históricamente ha sido terreno de reunión para las parejas en las que sus integrantes provienen de diferentes tradiciones religiosas. ¿Por qué? Debido a que no le exigimos a nadie que se adhiera a determinadas creencias teológicas. De ahí que ateos y cristianos puedan unirse a una comunidad sin credo impuesto, sin tener que renunciar a sus convicciones profundamente arraigadas, en tanto que respeten las visiones diferentes a las propias y busquen aprender de ellas. Este enfoque radicalmente abierto hacia la religión nunca deja de asombrar a los de fuera –y no tan infrecuentemente, también a los de adentro. Pero lo más sorprendente del asunto es que este enfoque parece funcionar.

Cuando se nos pide describir el Unitarismo Universalista ante otros, con frecuencia decimos algo como 'puedes creer lo que quieras acá' –nuestra santa doctrina del 'cualquiercosismo'. Se ha dicho que dentro de nuestras iglesias 'reinaría la anarquía' –un clásico oxímoron, una contradicción de términos; se nos ha llamado la iglesia que 'sabe bien' al principio, pero que no nos 'llenaría' al final. Hay quienes han dicho que seríamos un lugar para gente incapaz de decidirse. Otros dicen que seríamos un “refugio para rebeldes, un paraíso para los herejes y un asilo para los escépticos”. Una de nuestras ministras dice incluso que ser Unitario Universalista sería como “tomar un agradable baño caliente”.[1]

Hace dos miércoles, un miembro de mi clase de educación religiosa adulta, “Construye tu propia teología”, puso esta idea en una tonada popular.

Sin ningún dogma, sin ningún credo;/“Esas son cosas que no necesitas./“A la reunión dominical, por favor, ven,/“Júntate alrededor de nuestro vacío”.[2]

A veces nos divertimos tanto con este humor autoinflingido, que parecería que no habríamos asimilado la gravedad de sus implicaciones. ¿Acaso es verdad que, debido a que se supone que seríamos libres de creer en cualquier cosa que queramos, el Unitarismo Universalista sería puro proceso y nada de substancia? Correctamente, entendemos que los credos no son la base de nuestra religión –nos parecen creencias congeladas en el tiempo y el espacio–, le dicen 'no' a las verdades nuevas.

Sabemos que debemos recrear constantemente nuestra alianza, nuestro pacto común –lo que nos prometemos y cumplimos mutuamente, y que nos permite caminar juntos religiosamente. De manera correcta proclamamos que nuestra iglesia no puede imponerse sobre la conciencia –en última instancia, cada uno de nosotros debe ser su propia autoridad religiosa.

Cuando en una de nuestras campañas de difusión popular se dice que “La religión liberal pone su fe en ti” –eso parece realmente aterrador. ¿En quién? ¿En mí? ¿Alguien supone que yo sería un teólogo? ¿Acaso he de ser yo quien establecerá si Dios ha muerto? ¿Soy yo quien debe señalar el significado de Jesús? ¿Soy yo quien tiene que determinar lo que es correcto e incorrecto y –peor aun– vivir como si lo supiera? ¿Soy yo la criatura que debe crear significado a partir de la materia prima de mi propia existencia? ¡Deben estar bromeando!

¡Es mucho más fácil para mí decir en lo que no creo! No creo que Dios sea aquella figura sobrenatural en los Cielos –mucho menos un hombre blanco y barbado. No creo que Jesús sea el mesías, el Hijo de Dios, la segunda persona de la Trinidad. No creo que la Biblia sea la palabra literal de Dios. No creo que vivamos esta vida solamente para entrar al Cielo –si es que hubiera un Cielo.

Declarar lo negativo –¡Esa es la parte fácil!. La parte difícil es explicar lo que sí creo. Estos asuntos no son triviales –son cuestiones importantes que marcan una diferencia en la manera en que vivo mi vida. Es importante partir de aceptar y hacer frente a mis sentimientos sobre aquella Realidad en la que vivo, me muevo y ubico mi ser. Es vital que tenga algunos modelos de comportamiento humano hacia los cuales pueda dirigirme en busca de pistas sobre cómo vivir la vida. Resulta decisivo tener un fuerte sentido de lo que es correcto e incorrecto –y tratar de llevar a la práctica estos patrones. Para mí es esencial ser capaz de detectar en mi vida alguna razón para vivir.

Después de todo, uno de nuestros más frecuentemente repetidos Principios es aquel de la “Búsqueda libre y responsable de la verdad y el sentido religioso”. Nuestra apertura hacia la búsqueda, en todo caso, puede tener dos sentidos. Uno se relaciona con la indiferencia, en el que abandonaríamos la esperanza de encontrar alguna vez la verdad, o que simplemente no nos importaría ya buscarla.

El poeta Russell Davenport nos dio esta sensata advertencia:

Que no temamos al Hombre: que temamos/“Sólo aquello en lo que cree…/“Es a la Nada a lo que debemos temer: al pensamiento de la Nada:/“Al sonido de la Nada en nuestros corazones…/“A la creencia en Nada”.[3]



El gran poeta Robert Frost se describió a sí mismo como: “[siempre] un buscador, nunca un escapista”. “No seas un agnóstico”, dijo él, “Sé algo”. Y, desde luego, está el viejo dicho, “El problema de tener la mente abierta es que se te pueden salir los sesos”.[4]



En esto yace uno de los grandes malentendidos de nuestra religión –que seríamos una fe sin contenido. ¡Erróneo! Nuestra religión sin credo requiere de sus adeptos mucho más de lo que parece a primera vista. Si entendiéramos esta libertad religiosa tan sólo como estar-libres-de (carecer de interferencias indeseadas), no habríamos entendido la pesada carga que la libertad coloca sobre nosotros –sus severas disciplinas, sus pesadas responsabilidades. Recuérdalo, ¡Debe ser una búsqueda libre y responsable!

Si no podemos tener una fe basada en un credo, dogma, tradición, o autoridad eclesiástica, ¿en qué basarnos? ¿En nosotros mismos? Seguramente este parece un débil asidero para apoyarse en él. ¿Pero, en qué otro? ¿Quién más ha de asumir la reponsabilidad por nuestras convicciones, si no estuviéramos dispuestos a hacerlo nosotros?

Qué nos lleva hacia esta apertura que nos invita a la búsqueda. Mi mentor y decano de mi escuela teológica, Angus H. MacLean, una vez escribió sobre esta búsqueda porque la había experimentado él mismo. Nacido como Presbiteriano Escocés, encontró gradualmente su camino hacia el Unitarismo Universalista. El órgano seleccionador de su denominación religiosa rechazó por herética su solicitud de dedicarse al ministerio, así que vino a nosotros. Este rechazo fue la gota de credo que derramó el vaso de su anterior aceptación de la teología ortodoxa.



Angus entendió los peligros de la rebelión –de romper vínculos con la propia tradición religiosa. Él sabía que las tentaciones de la libertad son grandes. Uno escapa de un credo rígido, que ya no representa las propias convicciones, hacia una especie de vertiginosa y confusa libertad. Como él lo dice, “La urgencia de librarse de algo que nos oprime e irrita puede identificarse fácilmente con la libertad”.[5] ¿Pero entonces qué?

Angus describió la situación en su muy gráfico estilo: “La mente vacía es la casa de la que se expulsó al demonio, que así quedó barrida y presentable, lista para los siete demonios que se mudaron inmediatamente después”.[6] Y sigue escribiendo, “He conocido gente que considera una invitación para hablar en una reunión, para compartir sus convicciones e ideas, como como si fuera una invitación para aparecer desnuda en público. Hay algo que opera aquí y que no es tan sólo un loable sentido de privacidad…[7] ¿Están las cosas de tu vida efectivamente en tu pensamiento?”[8]

Angus MacLean plantó una semilla en mí, hace mucho, cuando escribió, “se ha dicho que la religión liberal es un 'paquete completo de equipo de hágalo usted mismo'. Pero existe el peligro de que nosotros la convirtéramos no sólo un paquete de equipo sin instrucciones, sino también sin herramientas ni materiales.”[9]



Las instrucciones serían comparables con cualquier formulación de autoridad religiosa –el Credo de los Apóstoles, la Confesión de Westminster, el Catecismo de Baltimore. Claramente no contamos con tales instrucciones. ¿Pero qué hay de las herramientas y los materiales? He podido observar que la gente que entra a nuestras iglesias por primera vez, proveniente de otras tradiciones, experimenta una cierta liberación gozosa cuando se entera de que no pretendemos imponernos sobre su conciencia, ni exigirle alguna creencia particular. Pero cuando se ha desvanecido el aura de esa libertad; ¿con qué se quedan? Con una serie de creencias rechazadas. Pero esto no es de mucha ayuda para vivir la vida. ¿Qué ha de seguir ahora?

Hay una imagen gráfica que proviene de una fuente poco convencional que me resulta útil aquí. Se trata de la metáfora de un organizador comunitario radical, Saul Alinski: “El signo de interrogación es un arado invertido, rompe el duro suelo de las viejas creencias y lo prepara para el nuevo crecimiento”.[10]

Con seguridad, cualquiera que camine a través de esta puerta tiene una o más preguntas dignas de consideración sobre la religión, o no estarían aquí. Pero las preguntas sirven solamente para arar el suelo de las convicciones religiosas –Al “romper el duro suelo de las viejas creencias”, pero también, al “prepararlo para el nuevo crecimiento”.



Fue esta línea de pensamiento la que me llevó a escribir el curso de educación religiosa liberal para adultos Construye tu propia teología. Nuestra tarea aquí no es entender el credo Unitario Universalista, dado que no hay ninguno. Nuestra misión es crear credos personales –afirmaciones que digan “Yo creo” y reflejen así lo mejor de nuestros pensamientos y sentimientos, de nuestro ser y hacer.

La religión liberal no es tan solo un proceso de vivir juntos religiosamente –aunque tiene algo de eso. No es solamente aprender a respetar los valores y creencias de otros. No es nada más hacer la paz entre creyentes beligerantes enfrentados. Es un lugar al que uno viene para creer, no cualquier cosa que uno quiera –como si la religión fuera un asunto tan fortuito y descuidado–, sino para creer lo que uno debe creer –porque la mente, el corazón y la conciencia nos fuerzan a hacerlo así– debido a nuestro entendimiento de la historia y nuestras observaciones sobre la vida humana, que nos instan a hacer corresponder nuestras creencias con nuestra experiencia.

La poetisa Anne Sexton dice sucíntamente, “Necesitar no es suficiente para creer”[11] Escribió aquellas palabras cuando sentía compasión por un amigo que le envió a ella un muy estimado crucifijo y la invitaba con urgencia “a hacer una cita para el Sacramento de la Confesión”. Pero la necesidad de reconocer que frecuentemente “erramos el blanco” (o “nos quedamos cortos”, que es el sentido etimológico de la palabra ‘pecado’, N. del T.) no es lo mismo que tener una creencia sobre lo que deberíamos hacer al respecto. Sexton escribió:

Amigo mío, amigo mío, nací/“haciendo obras de referencia del pecado, y nací/“confesándolo. Esto es lo que son los poemas/“con misericordia/“por avaricia/“son el domador de la lengua/“el caldo del mundo, la estrella de la rata”.[12]

Necesitar no es suficiente para creer.



Necesitamos algún sentido básico de confianza en el universo. Esto no es lo mismo que decir que hay un Padre Celestial que notaría la caída de cada gorrión –y que siempre sabría lo que me sucede. Necesitamos algunos lineamientos morales para hacernos capaces de vivir creativamente en comunidad. Esto no es lo mismo que decir que puedo hacer cualquier cosa que quiera porque no hay Dios para castigarme o premiarme. Necesitamos algún sentido de significado para sobrevivir al día a día y noche a noche, pero esto no es lo mismo que decir que nuestra tarea es alabar a Dios y glorificarlo por siempre. La necesidad no es creencia –la necesidad puede conducir a la creencia, pero solo hacia creencias que surgen de la materia prima de nuestra propia experiencia.

Martin Buber lo expresa poéticamente cuando dice, “La libertad es un puente peatonal, no un lugar habitable. La libertad … es el cero fructífero … Es la corrida antes del salto, la afinación del violín, la confirmación de aquella primordial y poderosa potencialidad que no es posible siquiera comenzar a realizar”.[13] Con demasiada frecuencia, solo afinamos y nos olvidamos de tocar; corremos, pero no saltamos.



Matthew Arnold llevó este pensamiento a su conclusión lógica en 1861 cuando escribió, “Es una gran cosa ser capaz de pensar como quieras, pero, finalmente, queda pendiente una pregunta importante, ¿Y tú qué piensas?”[14]

Es un poco como hacer un crucigrama. Toma en consideración estas palabras: “Deberías hacer teología como haces un crucigrama. Para empezar, lo haces con lápiz, porque es muy arrogante hacerlo con pluma. Conforme descubres más, a veces tienes que cambiar las respuestas que pensabas que correspondían. Y a veces puede que nunca encuentres las respuestas; a veces debes simplemente vivir sin las respuestas”.[15]



Construir tu propia fe es como trabajar en un crucigrama. Sabemos que, aunque otros pueden ayudar, nadie más lo hará por nosotros. Sabemos que cometeremos errores y tendremos que borrar lo que supusimos al principio. Sabemos que es improbable que seamos capaces de llenarlo a tinta y atinar en todas las respuestas de una sola vez. Pero lo que es más importante, sabemos que debemos tratar de poner algunas letras –algunas palabras– en esos espacios, si es que hemos de crecer.

Y de esta manera es que comparto con ustedes mi propio crucigrama teológico liberal –escribo con lápiz mis respuestas provisionales a las grandes preguntas–disfruto el proceso, pero necesito declarar mis propias convicciones –en dónde estoy, aquí y ahora.

  • Creo en la vida –en una vida con sus noches obscuras y días brillantes y aquellos momentos en los que el gozo y la tristeza se entremezclan de formas inconmensurables;

  • Creo en una vida de nacimiento y muerte y en un precioso intervalo intermedio.

  • Creo en esta vida –No necesito la promesa de un más allá, solo la convicción cierta de que si vivo bien esta vida, no importará lo que pase después.

  • Creo que la vida es desordenada y debemos aprender a vivir con la ambigüedad.

  • Pienso que si mi vida ha de tener un significado, yo soy quien debe crearlo.

  • Creo en la Creación, un impulso poderoso, pero impersonal e indiferente, que impregna y permea al universo; que se manifiesta en la tierra como naturaleza, en el tiempo como historia, y en la humanidad como amor;

  • Creo en mí mismo, una criatura de esta Creación, bendecido más allá de lo expresable, una criatura que se deleita con el don de la vida;

  • Creo en el liderazgo espiritual de todos esos grandes profetas del espíritu humano quienes vivieron en el amor por la justicia;

  • Creo en la humanidad –en la gran tradición viviente– en la procesión de pueblos que han buscado precariamente un sentido, durante los años en que les tocó.

  • Creo que los pueblos son preciosos, que es un honor compartir el mundo con profetas e indigentes, con todos aquellos que respiran y hacen la jornada con nosotros;

  • Creo en la reverencia por todas las formas de vida con las que comparto el planeta; la tierra es un jardín para ser cultivado, no una mina para ser vaciada.

  • Creo que la historia es la única arena del significado y destino humanos, y que ese destino está en nuestras manos, no en las de otros. Ya sea que el mundo sobreviva o perezca, esto no está escrito en las estrellas, sino en nuestras muy humanas cabezas, corazones y manos.

  • Creo en el poder de la gente de buena voluntad y espíritu de sacrificio que busca crear la Comunidad Bienamada de la Tierra –una visión por siempre irrealizada pero que me mueve a trabajar por su realización –aunque no viva para verla realizada.

  • Creo que, en el amor de la belleza y en el espíritu de la verdad, nos unimos para la celebración de la vida y el servicio a la humanidad. Amén.


Podría proseguir, el Señor sabe que podría seguir, pero hay otros domingos. Creo en esto, no porque simplemente lo quiera así –lo creo porque debo creerlo. Es parte de la esencia destilada de las cosas que componen mi vida. Ese es mi credo. ¿Cuál es el tuyo? ¡Que florezcan mil credos!




Referencias

[1] Rose Mary Denman.

[2] Fred Brandcamp, 2/26/98.

[3] Quoted in The Wind in Both Ears

[4] Vital Speeches of the Day, D. Bruce Lockerbie, 726, 9/15/89.

[5] Angus H. MacLean

[6] Angus H. MacLean, "Freedom Is Still the Issue."

[7] Angus H. MacLean, The Wind in Both Ears, 114.

[8] Ibid., 117.

[9] Angus H. MacLean, "Freedom Is Still the Issue."

[10] Saul Alinski, Rules for Radicals

[11] Anne Sexton, Tongues of Fire, 85-6.

[12] Anne Sexton, "With Mercy for the Greedy," Tongues of Fire edited by Karen Armstrong, (New York: Penguin Books, 1985, 1987), 85-6.

[13] Martin Buber, Between Man and Man, (New York: The MacMillan Company, 1949), 91.

[14] Matthew Arnold, Democracy, 1861.

[15] Kelly Brown-Douglas, The Other Side, March/April 1997, via Context, 8/15/97, 6.



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