miércoles, 11 de marzo de 2009

Vidas que cuenten


Dado por el Reverendo John Parker Manwell, en la Primera Iglesia Unitaria de Baltimore, Maryland, el día 2 de enero del 2000 (Trad. Fco.J. Lagunes Gaitán).



¿Qué mejor momento que el inicio del año de un nuevo siglo para considerar las vidas que llevamos?

Recuerdo una declaración de Diana Karr, el otoño pasado, que pareció transformar la energía del grupo que planea nuestro programa congregacional de crecimiento religioso para adultos. Dijo algo como esto: Al pedirme que presidiese el comité este año, vacilé. Mi vida estaba ya tan pletórica de actividades que me sentía rebasada. Pero entonces pensé, ¿acaso no es eso por lo que asisto a la iglesia, para contribuir a que mi vida cuente para algo? Así que dije: sí.

¿Cómo hacemos que nuestras vidas cuenten? ¿Cómo nos preparamos?



Norvell Smith estaba en 1° de secundario en Chicago. Muchos de sus compañeros de clase pertenecía a bandas delictivas y los disparos eran comunes cerca de la escuela. Varios niños fueron asesinados. Una vez, Norvell misma casi fue alcanzada por una bala perdida. Norvell decidió denunciar la situación en una oportunidad en que el Departamento de Policía patrocinó un concurso de oratoria. Aun después de encontrar una nota amenazadora en su casillero escolar, Norvell dio su discurso ante una asamblea de 1,000 estudiantes. Con gran pasión denunció a las bandas y a la violencia e hizo un llamado por escuelas más seguras. Incluso los miembros de las bandas se unieron en una ovación de 5 minutos. Eso la hizo ganar la atención de toda la ciudad y apareció públicamente con estudiantes activistas de muchas escuelas.



Norvell Smith encontró una reserva de valor en su corazón. La enfadaban los tiroteos y trascendió sus miedos. Denunció e hizo la diferencia. No se habría considerado preparada. Pero encontró el coraje cuando hacerlo contaba.

He conocido momentos en los que no he encontrado el coraje. No he denunciado. No he tomado ninguna acción. Todos hemos conocido momentos semejantes. Necesitamos práctica y la iglesia es el lugar para practicar. Necesitamos practicar para vencer nuestros miedos. Necesitamos desarrollar el hábito, la respuesta automática, para denunciar, para actuar, para hacer lo correcto. Podemos iniciar con cosas pequeñas. Al presentarse los desafíos mayores, tal vez estemos listos.

Pienso que la mayoría de nosotros necesita apoyo. Necesitamos del apoyo de otros que nos recuerden que somos buenas personas. Que nuestra apariencia, nuestra forma de hablar o vestir, así como los trabajos que tenemos no son las cosas más importantes. Que somos respetados por quienes somos y que confíen en que nuestros actos expresarán nuestra integridad, honestidad y cuidado. Así que, al llegar los desafíos, haremos lo correcto pues otros cuentan con nosotros.

Pero no se trata de coraje. El coraje es sólo una de las maneras en que nuestras vidas cuentan. Nuestras vidas cuentan al tocar otras vidas para mejorarlas. No se trata sólo de nuestro trabajo, ni sólo de lo que hacemos o creamos. Tiene que ver con la manera en que vivimos. Piensa en las personas que han tocado tu vida. Alguna gente, tal vez, tiene un impacto positivo en el mundo, incluso aunque los experimentemos como mordaces o irritantes. Pero hay una línea aquí, como la línea blanca de advertencia donde el camino cruza la vía del tren. De este lado de la línea, nos enfocamos en el bien de largo plazo y, para lograrlo, a veces debemos descuidar el bienestar de otros, e incluso imponerles penurias, quizás despedirlos del empleo. Y aún así procuramos tratarlos con respeto, dignidad e imparcialidad. Del otro lado de la línea, los tratamos como piezas de ajedrez, a ser movidas a nuestra conveniencia.



En última instancia, debemos medir nuestras vidas por cuánto nos ocupamos de la gente como individuos, así como por cómo tocamos sus vidas como individuos. Sentir profundamente en nuestras entrañas el dolor y la injusticia que otros experimentan es lo que nos capacita para vivir nuestras vidas de conformidad con los sueños grandiosos que guían nuestra labor por el cambio social y la justicia. O los sueños que nos llenan de energía para crear instituciones que provean de atención a la salud, educación, o de una comunidad para crear una música grandiosa, gran literatura, bellos edificios y espacios públicos.

Pero con mayor frecuencia, tocamos las vidas de los otros más directamente a través de la manera en que vivimos. Cada uno de nosotros tiene entrañables recuerdos de personas que han tocado nuestras vidas a lo largo de nuestro camino. Sean padres o maestros. Se trate de abuelos o tíos. Podrían ser los maestros que creyeron en nosotros, o los amigos que confiaron en nosotros, o incluso quienes bendijeron nuestros días con una sonrisa al pasar, como una secretaria, el tendero de la esquina, el conductor del autobús o el oficial de policía. Podrían ni siquiera enterarse de que habrían tocado nuestras vidas, pero la manera en que los recordemos será justo la manera como fueron.

Mis padres, ambos maestros, con frecuencia se encontraban a exalumnos que les hablaban de palabras o acciones hace mucho tiempo olvidadas que debieron haberles parecido muy ordinarias a mis padres, pero que, sin embargo tocaron de alguna manera las vidas de sus estudiantes. Hace algunos años conocí a una mujer, al escuchar mi nombre me preguntó por mi madre, pues me dijo que había tomado clases con ella hace 60 años.

Así es que con frecuencia creer en otros nos conduce a hacer más, a ir más allá. Oral Lee Brown, una bastante ordinaria vendedora de bienes raíces, conoció a una joven en una esquina y al principio no confió en ella. Pero en la tienda comenzó a entender la soledad de la vida de la chica. Nunca la volvió a ver, pero se había sembrado una semilla y su vida subsecuente no volvería a ser la misma. Lo reflexionó con detenimiento, pensó en todos aquellos cuyas vidas se desperdiciarían por no importarle a nadie. Pronto, estaba en la dirección escolar, compartiendo su sueño de garantizar a todos los estudiantes de la clase de primer año de primaria una educación universitaria. Luego de eso, cada día podía encontrársele en los salones y en los hogares de los niños, ocupada en conocer a los niños y a sus familias, así como dedicada a compartir su sueño de educación y de una vida plena.

Un última instancia, todas estas personas, pienso yo, son gente que ha sido capaz de decir '' a la vida, a veces desde sus años juveniles, a veces desde algún momento que transformó sus vidas. Aceptan y abrazan la vida, se abren hacia ella, hacia el dolor junto con la alegría.

Pocos de nosotros nacemos con un 'sí' en nuestros labios. Hay tanto que depende de la formación de nuestras vidas y de quienes nos rodean en nuestro desarrollo: nuestros padres y nuestra familia extendida; nuestros maestros, guías y consejeros; nuestros líderes religiosos.



La teóloga Delores S. Williams, al reflexionar sobre las fuentes de su fortaleza espiritual en su libro My Soul is a Witness [Mi alma es testigo], la atribuye a la sabiduría y al ejemplo de los “ancianos negros”. Si miramos a nuestro alrededor, ha habido gente así en las vidas de todos nosotros. Williams habla primero de la sabiduría esclava de la "Vieja Elizabeth", quien le enseño que “nunca buscara a nadie sino a Dios”. De la Vieja Elizabeth, dice Williams, aprendió que tendría momentos, como todos los tenemos, en los que:

Podría estar totalmente sola sin apoyo alguno. Entonces necesitaría alcanzar lo más profundo ... y encontrar apoyo y sostenimiento emocional. Este lugar más profundo tenía que ser abastecido e impulsado por algo más energético, sustentador y trascendente que el poder humano ... Experimenté esto cuando mi esposo murió repentinamente hace 7 años y me convertí en madre sola de cuatro niños.

Y en segundo lugar, dice, miró hacia la iglesia negra, el centro de la vida de la gente en el Sur segregado. Su gente “me enseño continuamente el poder y la fuerza de la comunidad”:

Era el lugar en el que a los niños negros se nos decía una y otra vez que éramos alguien. Era el lugar en el que se nos entrenaba para ser líderes, en el que se nos aconsejaba ser alguien que hiciese una diferencia positiva en el mundo para nuestra gente. Los ancianos negros en la iglesia, principalmente mujeres, eran los “soportes de la esperanza” que nos enseñaban a apegarnos fuertemente en nuestra memoria e imaginación al poder de la comunidad reunida para la fe y la acción.



Y en tercer lugar, ella lo atribuye a su madre, su abuela y sus tías, quienes me “con quienes aprendí la tradición de la oración afroamericana”. Desde la infancia, Williams recordaba a su madre decir con frecuencia, “abre un camino; rueda las piedras; establece un modelo para la gente”. Así que un día, ya adulta mientras preparaba un discurso, buscó esta referencia en la Biblia y no la pudo encontrar. Así que llamó a su madre, quien le explicó que era una improvisación que imitaba a Jeremías. “Pero tú y la abuela nos dijeron que ese texto venía de la Biblia”. No, su madre le recordó, nosotras sólo lo llamábamos la “Escritura”, por tratarse de sabiduría para la vida merecedora de ser tratada como escritura. Y Williams prosigue con su explicación:

esta ocupación de abrir el camino [y] rodar las piedras, fue la inspiración para mi implicación en el movimiento por los derechos civiles y en el movimiento de mujeres. Este relato familiar sobre esta escritura negra siempre estuvo en el corazón de la tradición de oración que estas mujeres enseñaron en mi familia ... Se trató del mandato de buscar la justicia que las mujeres de mi familia nos transmitieron.

Nuestras vidas no se forman plenamente con el nacimiento. También se forman, tanto por azar, como por elección por las oportunidades que escogemos tomar, por la iglesia y por la comunidad de que nos rodeamos. Y por los textos e historias que tomamos como escritura para nuestras vidas, en los cuales buscamos verdad y sabiduría.

No podemos saber cuándo hemos de ser sometidos a prueba. Pero podemos saber, más allá de cualquier duda, que habrán de venir tales momentos. ¿Denunciaremos? ¿Resistiremos? No podemos saber si estaremos listos. Pero sí podemos saber que es importante prepararnos. Ocuparnos de las fuentes de sabiduría en nuestras vidas y en nuestra cultura. Adquirir práctica en las pequeñas decisiones de nuestras vidas.


Bob Moses era un negro joven y talentoso. Tenía un posgrado de Harvard y enseñaba en una escuela privada de prestigio en el momento en que la prueba llegó a él: la prueba de resistir por los derechos de su gente, de cara a la opresión del Sur. Dejó su vida de privilegio y fue a las zonas rurales de Misisipí, a cargo de una partida de estudiantes en su “verano de la libertad”, en 1961. Los golpearon y les dispararon. Los insultaron y los torturaron. Pero no se rindieron. E hicieron que sus vidas contaran.

No sabemos cómo encontraron la fortaleza para seguir adelante. Sólo podemos preguntar, ¿cuáles son las fuentes de esa fuerza, de la tuya y de la mía? No sabemos qué los preparó para el momento de prueba. Sólo podemos preguntar, ¿cómo podemos prepararnos mejor nosotros?



Creo que para eso estamos en esta iglesia. Estamos para buscar y aprender juntos, para que podamos desarrollar una visión de la clase de mundo que queremos para nuestros hijos. ¿Cómo se vería un mundo basado en el amor de Dios y en la justicia de Dios? ¿En qué partecita de ese mundo nos sentimos llamados a hacer una diferencia?



Para algunos, para algunos será simplemente aprender a apreciar y a valorar positivamente a las otras personas para verlas también como hijas de Dios. Sonreír. Abrazar. Extender nuestras manos, reír y llorar juntos, así como estar presentes los unos para los otros con todos nosotros.

Para otros, será criar a nuestros hijos para que lleguen a ser a ser adultos bondadosos, comprensivos y competentes, capaces de ver a la totalidad del mundo como su familia, capaces de decir sí a la vida. O podría ser sobreponerse a las heridas, la ira y la desconfianza que nos aleja y nos separa de otros miembros de nuestra familia, para que todos podamos encontrar el amor que anhelamos dar y recibir.

Y para otros más, será buscar y ejercer estas mismas habilidades de construir puentes en el contexto mayor de la iglesia y la comunidad.

Habrá momentos de risa, así como de estudio y juego al trabajar. Habrá momentos de escape de la intensidad de nuestras vidas. La iglesia debe ser el lugar en el que aprendamos juntos, vivamos, riamos y amemos juntos, trabajemos y juguemos, sollocemos y nos regocijemos, pero principalmente y a lo largo de las demás actividades, cantemos nuestras canciones y compartamos nuestras historias.

Juntos, podemos hacer que nuestras vidas cuenten.



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